Mi hija Montserrat, de 4 años, recibió evaluaciones profesionales donde se identificaron retos en atención, conducta y comunicación. Desde muy pequeña presentaba dificultades para expresarse con claridad, le costaba seguir rutinas y sus berrinches eran muy intensos.
Las mañanas para ir a la escuela eran complicadas, el momento del baño y la hora de dormir también. En ocasiones sus reacciones eran tan fuertes que toda la familia se veía afectada emocionalmente.
Buscando herramientas adicionales, conocimos la terapia de Biocuántica Energética Aplicada a través de una publicación en redes sociales. Decidimos integrarla como acompañamiento complementario dentro del proceso que ya llevábamos con especialistas.
Fuimos en familia a la primera sesión. Montserrat estuvo algo inquieta al inicio, pero logró mantenerse durante la sesión. Nos dieron recomendaciones sencillas de apoyo y continuamos con su seguimiento habitual.
En los días posteriores comenzamos a notar pequeños cambios. Las mañanas se volvieron más fluidas, mostró mayor disposición para ir a la escuela y empezó a reaccionar con menos intensidad en algunas situaciones que antes detonaban berrinches prolongados.
Con el paso de las semanas observamos mayor participación en clase y más interacción con sus compañeros. En casa también empezó a comunicarse con mayor claridad en español e inglés, mostrando más intención al hablar.
Algo que nos sorprendió fue que comenzó a entregar el celular cuando se lo pedíamos sin una reacción extrema, y las visitas familiares se volvieron más tranquilas.
Sabemos que el desarrollo infantil es un proceso continuo y que requiere acompañamiento profesional constante. En nuestra experiencia, la terapia ha sido una herramienta complementaria que ha sumado equilibrio dentro del trabajo integral que realizamos con nuestra hija.
Montserrat sigue siendo la misma niña amorosa, pero hoy la percibimos más tranquila y conectada.
— Míriam García
(Testimonio compartido con autorización)
